Publiqué recientemente Breve comentario sobre Alfabética de William Pérez. El título no lo pensé mucho. Simplemente se trataba de describir lo que hice: comentar. Comentar un texto que me produjo una fuerte impresión y que desató una serie de ideas acerca del cuerpo como modificación y montaje. Luego, por un azar, me encontré con un cortometraje de Eric Baudelaire titulado [sic] (Francia, 2010). [sic] muestra a una chica ejerciendo la técnica bokashi sobre el entero catálogo de la librería en la que trabaja. La chica recibe una caja, saca uno a uno los libros que contiene, mira e interpreta las imágenes de cada libro, elige un detalle, lo raspa, barre el polvillo restante y continúa con el siguiente libro. Lo raspado puede ser vello púbico, los rótulos en una ciudad, los ojos de un difunto, los pistilos de una flor, las letras sobre el casco de un soldado, el día o el mes de un determinado año, incluso la línea de horizonte entre el mar y el cielo. 

Bokashi puede ser considerado como una técnica de censura, pero la técnica como tal, haciendo suspenso de las múltiples finalidades que puede tener, se reduce a un raspado que oscurece un detalle. El raspado interviene la imagen en cuestión, la modifica y produce otra imagen. ¿No es acaso esto lo que hacemos cuando comentamos un texto filosófico? 

Cuando leí Alfabética y decidí comentarlo, mi estrategia fue intervenir el texto. Recorté citas, las coloqué en un documento aparte y las utilicé poco a poco, injertando, en medio de mis frases, las de Alfabética. El resultado fue el comentario. Bokashi, entonces. Es decir, raspado o extracción, injerto, modificación. Se trata de la producción de diferencia a partir de la intervención y la prolongación de algo previo. Alfabética alude a la continuidad del aire que, pasando por nuestro aparato de fonación, produce múltiples formas de comunicación. El comentario es también una manera de producir continuidad y prolongación de las ideas. En contra de quienes pretenden encontrar en el comentario una aclaración o una explicación de las ideas ajenas, considero que el comentario es selectivo como el raspado de un detalle. No ejerce la función clarificadora, sino que el oscurecimiento que produce entrega otra cosa. 

De modo que es inevitable que el comentario contenga una perspectiva y que, además, sea una manera de interpretar la perspectiva. No es suficiente con decir que el comentario se produce “desde cierto punto de vista”, porque uno mismo, en tanto que comenta, es precisamente ese punto de vista. Esto significa que a la perspectiva le es inherente un cierto desconocimiento de sí misma en tanto no es externa a mí, sino que soy justamente esa contracción inevitable. Por eso digo que la perspectiva es también un modo de interpretar, pues al ser interior a mí no es más que los modos en los que leo o escribo sin poder descifrar las razones ocultas por las cuales lo hago de esta o de aquella manera. 

Soy, como dice Bergson, un cierto remolino en el continuo desenvolvimiento de la duración. Mi conocimiento es finito, sí, pero también imaginario. Esto quiere decir que mi cuerpo es cierta imagen sobre la cual gira la serie de imágenes que llamo materia. Lo que comento, por lo tanto, habla más de mí que de aquello que explícitamente se hace objeto de mi comentario. Si mi percepción de las cosas es una cierta contracción de una infinidad de estímulos, mi modo de pensar las cosas depende de cómo contraigo en la percepción. De manera que comentar un texto filosófico es, como en la técnica de bokashi, una atención y un trabajo de interpretación sobre el detalle. Raspo un aspecto, pero este gesto mínimo es suficiente para introducir la novedad y la diferencia. De alguna manera hay que introducirse al interior del texto en cuestión para llegar a convertirse en el punto de vista que uno desea ser. 

El comentario es también el ejercicio de una cierta distancia. Sic o así, es decir, señalar, raspar, extraer, injertar, modificar, pero también distanciamiento y extrañeza. Si bien convivo al interior de un texto cuando lo comento, no puedo sino sentirme ajeno en muchas ocasiones. Por eso sic, a la vez que singulariza un aspecto y afirma así fue escrito -no por mí, sino por otro-, pretende alejarme de la cita, también me involucra en el proceso, pues quién sino “yo” extraigo la cita, quién sino “yo” injerto la cita en mi comentario. Enjuiciamiento y participación. Continuidad, distanciamiento y prolongación. Este es el modo en el que mi comentario participa y hace diferencia. Por eso el logos del mundo no está por descubrirse, sino por hacerse.  Ya sea un simple raspado de un pistilo o un breve comentario de un texto, cualquier trazo que hagamos modifica aquello sobre lo cual intervenimos y nos afecta a la vez. En todo caso, el comentario filosófico, aún cuando exhiba una cierta compulsión al cierre o a la última palabra, en la medida en que se inserta en otro texto, produce un movimiento irreparable de cambio que deja en suspenso la versión final de cualquier idea. Entonces, bokashi o algo así como un buen error.

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