Extracto del diario Monteverde, Cuaderno 2
Como muchas plantas, el zacate crece tras sembrar una semilla en el suelo (Cfr. Adendum sobre el Ficus). Sin embargo, ya sea por motivos de ornato, absorción o algún otro, una vía más rápida para cubrir un área con zacate es el trasplante. Así pues, el primer paso a completar es la obtención de la materia prima: ya no entonces la semilla, sino la planta crecida.
En Monteverde, abunda el zacate San Agustín y es más fácil obtenerlo a los costados de la calle. Dado que la topografía del lugar es más bien accidentada, las calles consisten en cortes que se le han hecho a la montaña. Esto hace que, allí donde los potreros topan con la calle, el zacate empiece a crecer de forma más o menos colgante, lo cual facilita su obtención. Claro está, también puede arrancarse el zacate de los potreros, pero ello supone la inversión de una mayor fuerza, pues el jalonazo debe vencer el arraigo de la planta al suelo.
Acá las palabras ‘planta’ y ‘arraigo’ merecen particular atención. Por un lado, ‘planta’ quizá no sea el término más acertado para hablar del zacate. Hablamos de “el zacate” y nunca de “un zacate”; es decir, el zacate nunca aparece de forma individual o individualizada, sino que se toma en su amplitud, generalidad, y acaso abstracción máxima. Da lo mismo referirse a este zacate que está afuera de mi casa o al zacate que abarca buena parte de la geografía mundial. El zacate nunca es una planta como lo es un arbusto o una mata, no posee ese carácter de unidad. El zacate tampoco es llamativo como el árbol; no destaca superficialmente, sino que se extiende más bien de forma horizontal. Ahora, esto no quiere decir que el zacate carezca de verticalidad, pues sí la posee pero no bajo la modalidad de la llamatividad.
En tanto gramínea rizomática, el zacate crece mediante la formación sucesiva de nodos (Nn) conectados uno tras otro mediante internodos (In/n-1). Así, tenemos una primera dimensión descrita por la sucesión de nodos. En la figura, esta primera dimensión, a la cual llamaremos “dimensión de avance”, es aquella trazada por los nodos NA, NB, NC, ND, NE, NF y NG. Como puede observarse, cada nodo (Nn) posee su conjunto de hojas (Hn) y raíces adventicias (Rn), estando las primeras orientadas del nodo hacia el cielo y las segundas del nodo hacia el suelo.
Entre hojas, nodo y raíces, se forma un segundo eje que soporta la segunda dimensión, a la cual llamaremos “dimensión de crecimiento”. La dimensión de crecimiento está compuesta a su vez por dos sentidos, los ya mencionados del nodo hacia el cielo, y del nodo hacia el suelo. Al primero le llamaremos “sentido de prominencia” y al segundo “sentido de arraigo”. Stricto sensu, no hay una única dimensión de crecimiento, sino que hay tantas como haya nodos. Volviendo a la figura, se nota claramente que cada dimensión de crecimiento presenta configuraciones variadas. Tómese, por ejemplo, el nodo NC. Allí el zacate posee un alto coeficiente de prominencia y un coeficiente bajo de arraigo. El caso contrario sería el nodo NA, el cual presenta simultáneamente el mayor arraigo y la menor prominencia de todo el conjunto. Arraigo y prominencia no son necesariamente correlativos. Otro caso de interés es el nodo ND, el cual, a pesar de no poseer arraigo alguno, posee prominencia. Esto muestra que no hace falta tener raíces para crecer. Puede observarse de igual modo que la presencia de raíces no obsta el avance del zacate, esto es, la formación de un nuevo internodo y de un nuevo nodo. El nodo ND se ubica a mitad del eje de avance, lo cual nos muestra que la tira continuó su despliegue aun en ausencia de raíces en sus nodos. Por tanto, el arraigo no es condición necesaria ni para el crecimiento ni para el avance. Se puede crecer y avanzar sin raíces. Esto, por supuesto, se debe en buena medida al carácter adventicio de las raíces.
Se les llama “raíces adventicias” debido a que estas aparecen en lugares inesperados o inusuales o, mejor dicho, advienen en lugares inesperados o inusuales. Acá ‘adventicio’ debe ser comprendido en términos más escatológicos que litúrgicos. Mientras que el adviento supone un periodo litúrgico de espera y rito, el advenimiento posee más bien un carácter acontecimental. ‘Adventus‘ terminó por traducirse en ‘adviento’, sin embargo, el término fue la versión latina del griego ‘παρουσία’ (parousía), vocablo empleado en el Nuevo Testamento para designar la Segunda Venida de Cristo. Para el fiel, la Segunda Venida supone una espera, esto es, un adviento. Pero tanto la espera como la Segunda Venida se fundan sobre un acontecimiento anterior sin el cual ambas carecerían de sentido. Tal acontecimiento corresponde a la encarnación, una venida súbita a la presencia, un advenir excepcional. Platón empleó el término ‘παρουσία’ para designar la existencia de las Formas en las cosas (Cf. Fedro), lo cual se ha traducido como ‘presencia’. Pero no se trata acá de una simple presencia, sino de una existencia (ουσία) que excede (παρά) la mera presencia. De igual manera, la encarnación no es mera presencia, sino que es acontecimiento. Así, el acontecimiento es aquel exceso de presencia que funda su propia espera o, mejor dicho, funda la espera de su repetición. En consecuencia, el adviento se da como espera solo retroactivamente tras el advenimiento. Por esto mismo es que el acontecimiento es escatológico: la imposibilidad de preverlo se subsana con la previsión de que este se repita como final de los tiempos. Lo escatológico sólo puede acontecer y lo litúrgico sólo puede esperar. La espera es el índice del acontecimiento, no su causa o garantía.
En vista de todo ello se comprende el carácter adventicio de las raíces del zacate: estas crecen en lugares in-esperados. Aparece acá otra consideración fundamental de hacer: al decir que las raíces emergen en lugares in-esperados, la comprensión de las dimensiones de avance y crecimiento puede desviarse hacia lo meramente espacial, cuando en realidad ambas direcciones son más bien vectores temporales. Si la espera es el índice del acontecimiento, ocurre en el zacate que su espacialidad no es sino índice de su temporalidad. La disparidad e independencia de los diversos ejes de crecimiento muestra que el zacate es un ensamblaje de tiempos heterogéneos articulados por el eje de avance. El zacate no es contemporáneo de sí mismo.
Todo lo anteriormente dicho es lo que le confiere al zacate su alta potencia de desterritorialización. No hace falta arrancar de un potrero una tira íntegra para poder trasplantarla en otro lugar. Ya sea una tira completa o un segmento, lo que se requiere es contar con un número mínimo de raíces para que el zacate rompa con su pasado y presente, logrando así emplazar su despliegue vital en un nuevo lugar. Fuera de fijar al individuo, las raíces son las condiciones de posibilidad de su potencia de anacronía y desterritorialización.
La tierra debe prepararse con surcos, con el fin de colocar en ellos las tiras de zacate. Luego se cubren con la tierra removida, procurando, ante todo, que los nodos sean cubiertos y así propiciar el crecimiento de las raíces. Con suficiente agua y luz, las tiras se extenderán y continuarán existiendo, tal y como Simondon señala respecto del cristal, siempre en su límite. La temporalización y espacialización resultante, esto es, la vida como différance (Cfr. Stiegler), quedará como zacate cubriendo la superficie.




