En El trabajo intelectual, Jean Guitton elabora una serie de recomendaciones a «estudiantes que leen y escriben», quienes, en algunas ocasiones, y más de las que se podrían admitir, se sienten desesperados por el quehacer de la investigación. Nos dice que «el monstruo siempre arroja algunas reflexiones sobre el arte de escribir y la experiencia obtenida de su trabajo mismo». El monstruo refiere a esa composición primitiva que es la fase anterior de cualquier borrador decente. Es la expresión originaria del estado de nuestros pensamientos antes de ser transmutados y dispuestos en oraciones perfectamente entonadas. La monstruosidad es el texto virgen que no ha sido, una y otra vez, reescrito. Acompañada de esta figura del monstruo textual, me adentro en una aventura para entretejer de alguna forma lo monstruoso y la escritura más allá de una coincidencia literaria. Procuro al final haber conseguido un insumo, recoger algún ápice práctico sobre la escritura. Inevitablemente, por asociación de ideas, pienso en la reciente lectura de Frankenstein de Mary Shelley, con ella me lanzo directamente a la paradoja de la escritura monstruosa que, a su vez, construye lo monstruoso. Escribir sobre el monstruo de Frankenstein admite ser un acto de escribir desde la monstruosidad misma. ¿Corresponde a Mary Shelley alguna representación de monstruo? Afirmo que sí, al menos en un aspecto que yo pueda, de primera mano, conocer. ¿Es la escritura reflejo de una monstruosidad? También, están imbricadas hasta la médula. Restan diversos mitos y relatos de la monstruosidad.

Divago entre cómo sostener en mí misma esta intuición. Entonces, si consideramos la escritura como un reflejo, hay que preguntarse ¿cuál es la motivación de la escritura? Ahora pienso en Zambrano, a la pregunta ¿por qué se escribe?, responde: «porque brota de la espontaneidad». En este sentido, la escritura está constituida por trazos que no han sido tocados por el cincel de un lápiz o de unas teclas que marcan y desmarcan el compás narrativo. 

Tal vez, se me ocurre, ambas son creadoras de monstruos. Shelley, por un lado, con una intención inventiva, que no deja de ser práctica, tal como Guitton nos muestra en las implicaciones de componer textos. Atribuimos a Shelley la acción creadora desde la metáfora. Lo monstruoso llega desde el lenguaje. Mientras Zambrano confecciona una «reflexión» sobre la acción creadora, la experiencia obtenida que nos dice Guitton. En ella, la acción creativa predomina desde la destrucción de la conceptualidad, antepone la razón filosófica a otras formas literarias que no olvidan la vida. Con ellas se va inventando una tensión entre la imagen y el concepto. Ambas, en su relación singular con el lenguaje, crean, en principio, monstruos de papel. Este tipo de monstruo son los borradores, hojas de correcciones y notas, versiones de versiones, comentarios al margen, notas al pie, uso de signos y demás recursos con los que solemos ejecutar la escritura de un texto. El texto es una colección de símbolos y vestigios. Entretanto, lo monstruoso del texto se despliega en la forma de una colección de partes que componen un organismo que, en su origen, es siempre amorfo.

En la escritura, el pensamiento y el acto de escribir tienen su propio ritmo, su pulso, su respiración. El hecho de que sean actos simultáneos no los contiene de marchar a distinto compás. La escritura aparece reflexivamente, mientras el pensamiento es impulsivo y no acontece linealmente en la conciencia. Basta observar las dendritas y los axones de nuestras neuronas para comprender su tendencia al esparcimiento y la propagación anárquica. Así marchan los pensamientos, avanzan como una suerte de destellos en un entramado de posibilidades. Entonces, la tarea de escribir es decidir el camino en dicho entramado y dejar constancia de ello. Siendo así, esto que llamo monstruos de papel no pueden ser formas preconcebidas, esto es, plantillas precortadas que se puedan recortar y armar siguiendo las instrucciones de sus autoras. Lo monstruoso, es por definición, deforme.

Abandonar la forma puede hacerse de diversos modos. Por ejemplo, cuando Derrida cambia la por la a para hablar de la diferancia o Heidegger introduce guiones al referirse al Da-sein. O bien, cuando Dickinson inserta una palabra con mayúscula. Un cambio en una letra, la creación de un neologismo, la introducción del guión, el uso de cursiva o las comillas para acentuar letras o palabras, son deformaciones de la forma de la palabra, y por supuesto, del sentido de esa palabra. Así se busca un reacomodo de la significación. Lo informe no admite figura, no admite dónde estar contenido. La monstruosidad del pensamiento-palabra no es una imagen nítida, tal cual creemos percibir. Por esto, lo monstruoso alcanza la estética de la palabra, así como su sentido, generando una conmoción en el espectador, pues se trata de una intuición borrosa que nunca alcanza la plenitud de la resolución, en caso de que esto fuera posible. 

La función de la metáfora frente al concepto representa también para el pensamiento una monstruosidad. Entendida como deformación de la forma, de las condiciones en las que se fija el sentido de las cosas, cada palabra recupera cuerpo y materia desde su deformación que adviene en el uso y la vivencia cotidianas. La deformación del sentido es su incompletud. La idea que ha gobernado sobre una verdad redonda como un círculo es interceptada por una línea curva que no acaba en su trazo inicial, sino que se despliega en espiral. La verdad se compone de palabras que perdieron su norte y fueron absorbidas en las asimetrías vertiginosas del pensamiento. 

A todo esto, falta una operación que sustente la experiencia deforme y metafórica que es la escritura. La imaginación es el elemento ametódico que afecta el pensamiento y las expresiones figuradas su manifestación. Shelley ha fabricado un relato de la humanidad, Zambrano ha inventado un motivo paraescribir, aunque este suponga liberarse de las palabras mismas. No habría escritura sin imaginación, aun en las mentes más vigilantes de la gramática. Imaginar es el puente que se tiende entre unas imágenes y unos conceptos, y solo así se puede hablar de libertad en la composición primitiva. El monstruo de papel son creaciones crudas. Aun sin ser trabajadas, siguen esperando su primer ser, su primera forma, cual sea su destino, incluso luego de ser modificados, son textos en potencia de adoptar cualquier forma-de-ser antes de que sus sentidos figurados se instancien en un sentido propio. 

Me pregunto: ¿es la monstruosidad un temple anímico? ¿Cómo se encontraba Shelley en aquellos momentos mientras hace girar su lápiz, en una noche de tormenta, concibiendo una historia de monstruos? ¿Qué hacía Zambrano en Madrid aquellos años que precedían a su exilio?  Considerando lo que dije anteriormente sobre la escritura como experiencia de lo deforme, esta experiencia debe sustentarse en un temperamento o motivación que corresponda con sus características. Lo que la palabra mienta, lo mienta con pesares y dolores. Hay un tumulto de sentimientos recogidos, apaciguados y maquillados en el acto de escribir. La historia de Frankenstein surge en la entreverada situación de Shelley, enamorada de un poeta que la hacía oscilar entre el amor y el odio. Una existencia que desdibujaba la frontera entre el hombre y el monstruo. La razón por la que Zambrano se dedica a escribir es mucho más expresa, defiende su soledad. Sin embargo, esta no es radical. Se declina por un pensamiento intermedio entre el aislamiento de quien escribe y la comunicación de quienes leen. 

Y la vida, ¿es ella misma monstruosa? Creo que así queda plasmada en los párrafos independientes que hacemos coincidir y en lugares intervenidos, subrayados, señalados, en palabras o frases que nos impresionan. Aquellos que persisten en mantener pulcra la orilla del texto se asemejan a quienes no salen de casa por miedo a morir. Son esfuerzos en vano, no evitarán ni lo insondable del texto, ni tampoco el susurro de la muerte en nuestra oreja. La vida monstruosa es vida irónica, ocurre entre la distancia de lo sublime que se encarna en un punto del cuerpo y, entonces, acontece en lo cotidiano la leve coexistencia de la fragilidad y la fortaleza. Esta inseparabilidad deforma cualquier audacia teórica que busque, por alguna ruta, restringir nuestra criatura, pero tampoco podemos permitir que esta nos devore. La monstruosidad sugiere una existencia espectral, entre lo que vivo y lo que desconozco vivir día con día, de un momento a otro, soltando la estabilidad de un único sentir que acompañe nuestra condición humana y, en consecuencia, que alumbre la escritura y haga surgir un nuevo monstruo de papel. 

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