En su Segundo Discurso, Rousseau sentó las bases de una razón mitológica: una mito-logía. Esto es quizá lo más interesante de la obra.
Para imaginar al ser humano en su estado de naturaleza 𑁋manso y con todas sus necesidades resueltas𑁋, Rousseau se ve en la necesidad de hacerlo bajo la forma de una movida metodológica: dejar los hechos de lado y guiarse sólo por conjeturas. Para reforzar esto, el autor se apega al mandato de aceptar que Dios sacó al ser humano de su estado de naturaleza, pero apunta seguidamente que ese mandato no prohíbe conjeturar qué habría sido del ser humano si hubiese quedado a su propia merced. Rousseau desecha los hechos como material de investigación 𑁋sean estos empíricos o dogmáticos𑁋 e instala la conjetura y la hipótesis en el centro de la reflexión.
Ahora bien, lo anterior no constituye por sí mismo una metodología, pues tan solo nos dice cuáles son los elementos por utilizar, pero no la operación que se llevará a cabo con ellos. Es hasta el final de la primera parte del discurso cuando Rousseau completa el aspecto metodológico de su obra. Tras pintar su fábula del ser humano originario, el autor reconoce el carácter totalmente contingente de sus conjeturas; sin embargo, señala de inmediato que las conclusiones que deducirá de ello no serán en absoluto igualmente conjeturales. Para Rousseau, es posible extraer conclusiones necesarias de premisas contingentes. Este es el corazón de su metodología y, más aún, de una razón mitológica.
Siguiendo a Rousseau, el mito cumple una función proyectiva. Más que dar cuenta de cómo algo llegó a ser fácticamente 𑁋las causas𑁋, el mito abre la reflexión sobre el devenir de eso que llegó a ser 𑁋los efectos. Dicho temporalmente, el mito no concierne al pasado, sino al futuro. A este respecto, es necesario hacer dos señalamientos.
En primer lugar, debemos comprender acá que el futuro del mito no es necesariamente el tiempo de lo aún no ocurrido. Nótese que Rousseau conjetura sobre un pasado remoto 𑁋el estado de naturaleza𑁋 para detectar su futuro, pero este futuro sigue perteneciendo al orden del pasado 𑁋la emergencia de la desigualdad𑁋. Rousseau parte de un pretérito anterior para pensar su futuro, el cual es ante nuestros ojos un pretérito posterior. Otros mitos sí remiten, en cambio, a lo que en nuestro presente seguimos llamando ‘futuro’ (un ejemplo de ello serían los mitos escatológicos). Por tanto, la temporalidad de la razón mitológica es relativa.
Lo segundo que debemos comprender acá es que el futuro mitológico es de carácter necesario. No debemos olvidar que Rousseau considera que, a pesar de provenir desde un fondo hipotético-conjetural, sus conclusiones pertenecen al orden de lo necesario. El mito es ciertamente proyectivo, pero se trata de una proyección prescriptiva. No hay acá apertura de mundos posibles, sino más bien una vectorialidad certera e inevitable. Abriendo el pasado, la razón mitológica estrecha el futuro y, por tanto, lo determina.
Relatividad y determinación se ven entonces conciliadas por la razón mitológica. Por conducto de la relativización (de las causas y del pasado), la razón mitológica determina (los efectos y el futuro).
En este punto, es crucial distinguir entre ‘mito’, ‘mítico’ y ‘mitológico’. El mito no es algo dado, sino que hay un devenir-mito de las narrativas, los textos, los discursos, en general, de las palabras. Son lo mítico y lo mitológico los que suscitan ese devenir. Cuando la palabra deviene mito por vía de lo mítico, esta se convierte en explicación no centrada en argumentos 𑁋no ilógica, sino paralógica y, por tanto, no constitutiva de una razón𑁋; e incluso, paulatinamente, se convierte en imagen cristalizada. Por su parte, lo mitológico consiste en el devenir-mito que constituye la razón relativizante-determinante que acabamos de ver.
Tampoco debemos pensar que lo mitológico solo puede venir después de lo mítico, como si lo primero se tratase de la producción original y lo segundo de su uso sucedáneo. Ciertamente, es posible echar mano mitológicamente de un mito ya existente, pero de ello no se sigue una originalidad de lo mítico por sobre lo mitológico. Para muestra de ello, habría que volver a Rousseau quien inventa su fábula 𑁋paradójicamente sobre el origen𑁋 y simultáneamente la hace devenir mito por la vía mitológica sin tener que pasar primero por un estadio mítico. Precisamente por carecer de original, su mito del ser humano en el estado de naturaleza es a la vez conocimiento de un origen y origen de un conocimiento.
Hijo de las Luces, Rousseau tendió un puente entre el μῦθος y el λόγος. Pero, de forma poco ilustrada, no lo hizo racionalizando el mito, sino destilando la razón del mito. Más que instruir sobre la desigualdad, el Segundo Discurso inventa el mito como razón y, en cuanto tal, como dispositivo epistemológico que sirve menos para explicar que para concluir.




