Una forma adecuada de subtitular este breve escrito, según la versión refinada de escepticismo que estoy a punto de defender, sería «la completa destrucción de la investigación científica». Pero primero hay que definir «ciencia» en los términos griegos que corresponden. En la Antigüedad, la ciencia era un nombre genérico para hablar de la actividad humana que afirma decir algo verdadero de la realidad, o sea, implica la producción, incorporación y expansión de la posibilidad del conocimiento sobre la naturaleza de lo que es el ser. Así entendía Pirrón de Elis (330 a.C.) las cosas, al menos siguiendo el manual heredado por Sexto Empírico. A continuación quiero explicitar el alcance destructivo de la problemática pirrónica, así como la manera en que da lugar, aplicando la estrategia hegeliana, a un nihilismo austero y exigente, a la vez epistemológico y ontológico, radicalmente distinto a las desgastadas versiones posmodernas.
En este estricto sentido, Gorgias podría ser considerado el primer nihilista de la historia occidental, y un antecedente de Pirrón. Su conocida tesis, formulada en el Tratado sobre el no-ser, es la siguiente: «nada existe; si algo existe, no puede ser conocido; si algo existe y puede ser conocido, no puede ser comunicado». Pues bien, comprender así el nudo gorgiano parece aproximar el nihilismo a la sofística, reduciéndolo otra vez al subjetivismo, cuando nuestra intención es anclarlo a la más pura filosofía, vinculándolo al objetivismo. Dos pensadores clave han contribuído en esta ardua tarea de imbricación: Ray Brassier y Ionnis Trisokkas (uno, de origen inglés, comprometido con la desmitificación de la experiencia subjetiva; el otro, de origen griego, dedicado al comentario dentro de la escuela escéptica; ambos comparten un profundo interés por el espacio de las razones o de lo dicho en el universo del discurso). Sin más preámbulos, paso a enunciar el programa pirrónico en tres puntos:
- El objetivo es la tranquilidad permanente o «tranquilidad sin pausas», es decir, ἀταραξία.
- El medio para lograr la ἀταραξία es argumentando por la imposibilidad del conocimiento humano sobre la verdadera naturaleza del ser. Esto recibe el nombre de «escepticismo global».
- El argumento debe inferirse sin emplear ninguna afirmación de verdad, o «principio dogmático»—formalizados en juicios, presuposiciones o silogismos— que busque dar la impresión de expresar algo verdadero sobre la naturaleza del ser. Esto recibe el nombre de «escepticismo sin presuposiciones».
Así pues, el objetivo de Pirrón y sus seguidores es, dicho de nuevo, destruir completamente la investigación científica, ya que esta es fuente de «perturbación» en el alma y, por lo tanto, la manifestación de la imposibilidad del conocimiento lleva a la suspensión del juicio [ἐποχή], lo que significa la total ausencia de creencias dadas por la ciencia. La «indagación científica», nombre que recibe la búsqueda humana de la verdad del ser, requiere, en su afán de capturar algo de la naturaleza de las cosas, que estas involucren palabras y acciones. El espacio abstracto donde todo es dicho lleva el nombre de universo del discurso, mientras el espacio abstracto donde todo es hecho lleva el nombre de universo de la praxis. Los enunciados o proposiciones aparecen entonces en el primer universo, y muchos de ellos versan sobre el «ser», afirmando conocer su naturaleza. Algunas de estas afirmaciones buscan ser consideradas verdaderas, pues los científicos que las plantean desean que sus interlocutores las tomen en serio y creen genuinamente que estas afirmaciones, y no sus negaciones, reflejan la realidad. Convengamos con Trisokkas en llamar «afirmaciones de verdad» [truth-claims] a aquellas proposiciones que versan sobre la «verdad» del ser y tienen la intención de presentarse a sí mismas como verdaderas. Al aparecer en el universo del discurso, adquieren existencia con un carácter de «inmediatez», representando el estado primordial de las cosas.
Lo anterior significa que las afirmaciones de verdad en el universo del discurso se relacionan entre sí de manera no reflexiva, indiferente e implícita. No son, todavía, objetos de reflexión. El énfasis aquí recae más bien en el momento mismo en que surge una proposición en el universo del discurso; en ese modo mínimo de existencia, la afirmación de verdad tiene un carácter de inmediatez. Una afirmación de verdad está en estado de mediatez hasta que la relación con otras afirmaciones sea explícita, antes de eso, está en estado de inmediatez, pues la relación no es explícita. Cuando una afirmación de verdad se presenta por primera vez, surge con independencia propia. Aunque pueda razonarse que desde el inicio está implícitamente relacionada con una teoría, la noción de inmediatez se refiere específicamente al momento inicial en que se plantea en el universo del discurso, y, por lo tanto, las proposiciones son traídas al mundo esterilizadas de contenido.
En este punto, el argumento adopta un matiz esencialmente pirrónico al señalar que en estado de inmediatez y relacionalidad indiferente, como lo piensa el pirronista, ninguna afirmación de verdad puede ser privilegiada sobre las demás. En el universo del discurso existe inicialmente una equipolencia [ἰσοσθένεια] entre las afirmaciones de verdad, que simplemente coexisten sin ninguna diferencia en su validez. La verdad de las afirmaciones se determina por su simple presencia; en este contexto, no se puede favorecer ni desfavorecer ninguna afirmación de verdad, ya que la inmediatez excluye la reflexión previa. Por lo tanto, cualquier comentario más allá de la simple formulación de una afirmación de verdad no afecta su estado inmediato, y dado que todas reclaman la verdad para sí mismas, ninguna es más verdadera que otra. La emergencia de juicios positivos y negativos en el contexto de inmediatez del universo del discurso, por tales motivos, es una de las características fundamentales de la estructura mínima del discurso científico.
Esta característica esencial de la estructura mínima del discurso científico plantea un dilema conocido como el problema pirrónico, el cual surge cuando el universo del discurso incluye tanto un juicio inmediato como su negación, ambos con igual valor de verdad debido al estado de inmediatez primigenio (la simple existencia del enunciado). Tal contexto inevitablemente genera conflictos entre juicios, constituyendo así un rasgo fundamental de la ciencia, donde estos desafían la intención de los juicios inmediatos de afirmar la verdad frente a sus negaciones. La tarea apremiante del científico radica en encontrar una salida del estado de inmediatez, donde la superficie está plagada de contradicciones. Para abordar este desafío, en tiempos antiguos y medievales, surge el intento de resolver el problema dando primacía a un juicio por encima de su contradicción mediante la afirmación de fundamentos (o criterios de verdad) en el universo del discurso. Estos fundamentos resolverían en principio los conflictos al respaldar uno de los dos juicios contradictorios, esencia del método seguido por la metafísica tradicional, usualmente entificando el ser con el nombre de algo superior.
En este punto, el problema pirrónico genera escepticismo al mostrar que el intento de privilegiar y fundamentar juicios inmediatos, propuesto por la metafísica tradicional, realmente fracasa en resolver los conflictos. Los fundamentos afirmados como verdad en el universo del discurso solo perpetúan círculos viciosos o regresiones infinitas (por eso, Platón y Aristóteles son indistintamente catalogados como «dogmáticos» en el movimiento elisio). Según los pirronistas, este escepticismo revela de manera contundente que los humanos nunca pueden alcanzar un conocimiento verdadero del ser, lo cual adquiere un tono nihilista al formular esto como la estructura mínima de la racionalidad. Así exhibido, el escepticismo pirrónico es una filosofía (a) de la libertad y (b) de la imposibilidad del conocimiento. Por un lado, permite a los científicos ejercer su libertad al afirmar cualquier verdad dentro del contexto inmediato del discurso pero, por el otro, al evidenciar que ningún conflicto entre juicios inmediatos puede ser resuelto, subraya las limitaciones inherentes de la investigación científica, haciendo ver que esta resulta fútil para establecer verdades definitivas sobre la realidad.
La preocupación esencial del pirronista es que, en el contexto de inmediatez del universo del discurso, una afirmación positiva tiene un estatus de verdad igual a su negación. Preocupados sardónicamente por la violación del principio máximo de inteligibilidad del pensamiento, a saber, la no-contradicción, el pirronismo se distancia del escepticismo socrático o el cartesiano al no presuponer absolutamente nada. De tal suerte, la perturbación se apacigua al no sostener ningún principio dogmático sobre la existencia de una distinción entre una mente interna y una realidad externa. Es decir, la resolución exitosa de la problemática pirrónica no necesita incluir una explicación de cómo podría «superarse» la supuesta «brecha» entre pensamiento y ser.
Huelga decir que, hasta el momento, las dos «tradiciones» académicamente separadas en la discusión filosófica contemporánea, analítica y continental, han fallado dramáticamente en resolver o evadir la problemática. Trisokkas expone magistralmente esta incapacidad de respuesta en los siguientes términos.
La postura positivista sostiene que la problemática se resuelve al reconocer que la praxis, a través de la experimentación y la observación empírica, puede apoyar las afirmaciones de verdad. Sin embargo, estas actividades solo pueden desempeñar este papel si se consideran criterios de verdad dentro del universo del discurso. Esto, a su vez, genera automáticamente conflictos con sus negaciones debido a la estructura mínima de la ciencia. Por lo tanto, la postura positivista fracasa en resolver la querella pirrónica. Aquí entran desde el Círculo de Viena hasta lo que el profesor Lorenzo Boccafogli, director de mi tesis, denomina «filosofía científica». El segundo intento fallido contra el escepticismo pirrónico proviene de la fenomenología de Husserl y Heidegger, quienes intentaron disolver el problema por completo. Primero Husserl se centró en la intencionalidad como punto de partida indudable para la investigación epistemológica. Luego Heidegger argumentó que el conocimiento humano se origina preontológicamente en el ser-en-el-mundo del Dasein. Sin embargo, ambos enfoques colapsan porque ni la intencionalidad ni el ser-en-el-mundo pueden realmente iniciar una investigación sobre el conocimiento: su dependencia de juicios propuestos dentro del discurso revela su papel secundario en tales indagaciones. Así, la problemática pirrónica sigue siendo más fundamental para comprender el conocimiento que estos marcos fenomenológicos.
Finalmente, una vez hemos legitimado la pertinencia, o mejor aún, la supervivencia de la querella —en línea con la perspectiva de Pirrón sobre la «vida» de las afirmaciones—, debido al fracaso de las dos tradiciones dominantes en la filosofía contemporánea al intentar resolver o evadir la problemática, vale la pena esforzarse en superar la división. De hecho, esto ha venido ocurriendo desde hace algunos años, siendo Hegel la figura idónea para franquear la frontera analítico/continental. El filósofo teutónico adquiere mayor relevancia cuando se recuerda el lugar del pirronismo en laCiencia de la lógica. Retorcida en el imperio de la duda, la pureza de la filosofía hegeliana alza vuelo para hacerse inmune contra las objeciones epistémicas de la ἰσοσθένεια. Pero el legado pirrónico es aún más profundo en el pensamiento de Hegel: el carácter autocorrector de la racionalidad, visibilizado por Robert Brandom en sus lecturas sobre la Fenomenología del espíritu, demuestra la no implicación conceptual de alguna hipóstasis metafísica de la razón, como sí acontece desde antiguo en la entronización de entidades sobrenaturales. Tenemos entonces que la filosofía solo puede comenzar con un escepticismo radicalmente coherente, lo que implica un nihilismo escrupulosamente racional, esto es, aceptar la verdad de la negación, y rechazar la negación de la verdad, con el fin de perseguir una subversión de las premisas y los principios fundamentales del pensamiento. De esto se sigue que nada más los minuciosamente racionales tienen derecho al escepticismo sobre la razón. Cualquier cosa menos que eso, formalizando la anulación elisia de la ciencia, no logra establecer el vínculo entre verdad y negatividad.




