Es otro régimen, es otra actitud, es otra forma de capturar, es otra forma de ver. Conceptuar es concebir, atrapar como un cancerbero a quien le lanzan un balón inesperadamente. El que concibe, captura, atrapa, capta, agarra. No solo ve, sino que sabe ver. No solo capta la luz reconociendo las imágenes de un espectáculo que se le aparece. Ve con sentido, captura eidéticamente. Intuye, por así decir, categorialmente.
Capio del latín seguramente viene de la raíz indoeuropea kap, que también significa coger, tomar, capturar, atrapar. Conceptus se construye con la preposición cum (con) y capio, de forma que conceptuar significa algo así como con-capturar. Un concepto toma de algo otro diferente de sí, no tiene independencia de aquello de lo que toma. Un concepto genuino debe captar algo del mundo de forma originaria, hacer ver algo, abrir un ámbito desconocido de algo de la vida. Por ello nunca es simplemente una flatus vocis (voz vacía) o una mera etiqueta arbitraria que se impone sobre la realidad, un invento lenguajero de una especie de homínidos canturreadores perdidos erráticamente sobre la faz de una roca planetaria que transita bamboleando en torno a una estrella que irradia electromagnetismo en un sistema que tiene secuestrado. Un concepto genuino no es un marbete soso que ensombrece la vida y que priva al mundo de su fulgor incapturable, una designación desesperada que reduce, empobrece, inmoviliza, detiene. Un concepto nos hace ver, nos abre los ojos a regiones que nunca habíamos imaginado, penetra en estructuras del universo que, aunque las habíamos soñado, no habíamos podido pensar. Nos hace poner en cuestión descripciones del ver que —viendo mejor— se nos antojan empobrecedoras, unilaterales, falsas. Nos hace caer en cuenta de lo imposible: que lo visible está transido de lo invisible. Nos hace ver más allá de lo que puede ser visto. Con-captura algo enteramente otro.
Esto es lo que quiero decir: un concepto nos permite pensar. Pensar es poder decir qué significa esa visión. Pensar no es solamente canturrearle al cosmos o dejarnos tocar por la luz de la luna, ni describir la belleza del mundo. Nadie niega el poder de otras formas de capturar, ni su derecho a existir entre todas las formas de la expresión de la experiencia humana. Pero sin el concepto no podemos pensar. Sin pensar no podemos preguntar. Sin preguntar no podemos investigar. Sin investigar no podemos penetrar en la hondura de la existencia. Hay preguntas que se deben plantear y que solo son posibles porque los conceptos nos permiten realmente dirigirnos al carácter problemático de la existencia. Merced a la posibilidad de conceptuar, nos diferenciamos de la disputa del profeta Elías y los adoradores de Baal: un pleito de fantasía, un rifirrafe de profetas embriagados de habladuría, de cosmovisión, a saber, de meras palabras fantasmáticas arraigadas en su cultura, en su contingencia histórica errática y ficcional. (Si no fuera por esa posibilidad de con-capturar, ni siquiera podríamos pensar qué significa ese encuentro mortífero de Elías con los adoradores de ídolos en el monte Carmelo, narrado en el primer libro de los Reyes).
Por el concepto podemos decir que una cosa es conocer y otra opinar. Por el concepto podemos afirmar que esto es bueno, y aquello malo. Hacer diferencias, percibir confusiones, intuir nuestro predicamento… nada de eso es posible sin conceptuar, es decir, sin con-capturar. Nada de eso es posible si no con-capturamos algo que no se reduce a ese mismo acto discursivo, sino que brota de la misma realidad, la cual exige la palabra, logos que no es mera palabrería.
El poeta Rilke ha capturado la esencia del concepto:
«En tanto no recojas sino lo que tú mismo arrojaste, todo será no más que destreza y botín sin importancia: solo cuando de pronto te vuelvas cazador del balón que te lanzó una compañera eterna, a tu mitad, en impulso exactamente conocido, en uno de esos arcos de la gran arquitectura del puente de Dios: solo entonces será el saber-capturar un poder, no tuyo, de un mundo.»
El poeta Rilke ha con-capturado.
Hay un peligro: el de recoger lo que nosotros mismos hemos lanzado. Capturar —engañándonos— solamente aquello que hemos puesto nosotros. Quizá por destreza, por talento, por artificio. Ir a por lo que nosotros mismos hemos escondido detrás de un arbusto y proclamar eureka!, como ha dicho Nietzsche. Hacer trampa. Hablar por hablar, hablar sin ver, ofuscar lo que podríamos ver, pero que nos empeñamos en oscurecer.
Es cierto que el concepto aspira a la verdad, es decir, entiende que se puede ver mejor, que, en efecto, la realidad se desoculta ella misma, no que lo que dice una palabra coincide con una forma externa del mundo, o que lo que dice crea esa realidad por un acto mágico del poder del discurso. Es cierto que se puede decir sin con-capturar.
Pero el saber capturar, es decir, el milagro del conceptus, es un poder, no tuyo, sino del mundo.



