¿Qué es la filosofía contemporánea? La respuesta más exacta a esta pregunta podría enunciarse de la siguiente manera: la filosofía contemporánea constituye un campo de tensiones antagonistas, tenaces, donde no existe un consenso acerca de la naturaleza de la filosofía misma. Esto lo evidencia la diversidad de enfoques y tradiciones, la heterogeneidad de vocabularios y jergas, la diversidad de los supuestos que hacen las veces de puntos de partida de la reflexión filosófica y la muy generalizada ausencia de vasos comunicantes entre las posiciones en pugna. Sin embargo, podría hablarse de un «subsuelo común» que atraviesa la época y que ofrece a la manida heterogeneidad de los enfoques filosóficos una comunión oculta, muchas veces no reconocida. Me refiero al hecho de que la filosofía contemporánea ha de practicarse como antifilosofía, ya sea en la forma de un denuesto altisonante de las pretensiones filosóficas de antaño de ser un fundamentum inconcussum, o de una oposición virulenta ante la pretendida autonomía teorética de la filosofía respecto de las ciencias, de las artes y de la política. Por doquier se reserva para la filosofía una existencia disminuida en la forma de ancilla scientiarum, ancilla artibus o de ancilla politicae

¿Quién hace estas demandas a la filosofía? Pues los filósofos mismos cuando declaran su disolución interdisciplinaria, su transformación en una reflexión enteramente sujeta a los problemas de las ciencias, su imposibilidad de producir conocimiento y su lugar relativo en medio de la multiplicidad de las discursividades de la cultura. Ni el mismo Heidegger, quien en sus años de juventud proclamaba la Eigenständigkeit des Philosophierens (la independencia del filosofar) pudo sustraerse en su época madura a anunciar el «fin de la filosofía» y a entregar el pensamiento a los poetas. Es evidente que, en el panorama de la filosofía contemporánea, podemos fácilmente distinguir a aquellos que quieren hablar como científicos —naturales o sociales— de quienes más bien imitan a literatos y poetas. En su Manifiesto por la filosofía Badiou detectó correctamente esta situación: la filosofía se suprime a sí misma mediante la delegación de sus funciones a la ciencia, a la poesía, a la política o al psicoanálisis. En términos de Badiou, la filosofía se ve así suturada a estas cuatro condiciones genéricas (mathema, poema, política, amor) y se extravía, se bloquea. La filosofía contemporánea es entonces la época donde la filosofía se presenta como injertada de forma parasítica  en una red histórica de suturas. Se proclama su imposibilidad, su fin, se la manda a callar, como hizo Wittgenstein en el Tractatus. Los pensadores suturantes le recriminan a sus adversarios, no tanto la defensa de un filosofar sin suturas, sino más bien un suturar incorrecto. Carnap, para quien la metafísica puede ser superada mediante el análisis lógico del lenguaje, reprende a Heidegger por querer hablar como un poeta. Según su criterio, el metafísico que confunde el poema con la ciencia ni aporta al conocimiento ni al Lebensgefühl que es develado en el lenguaje poético. Los metafísicos, es decir, los filósofos que suturan la filosofía al poema no serían más que aspirantes mediocres a artistas, pero sin talento genuinamente artístico. Es claro que el positivista Carnap, él mismo gestor de una severa sutura de la filosofía, no reniega del gesto suturante mismo, sino de un lenguaje filosófico en exceso metafórico y confuso. Décadas después, el enfant terrible de la filosofía estadounidense, Richard Rorty, adscribirá al lenguaje heideggeriano un anhelo místico típico de un «sacerdote ascético», pero Rorty desconfía de la sutura del positivista lógico. Más bien sería mejor abandonar los proyectos de pensamiento plasmados en grandiosos tratados filosóficos. La filosofía no es otra cosa que un género literario con pretensiones, por lo general, esencialistas (que aspiran, según Rorty, a una verdad ridícula). Nos debería bastar, según Rorty, la lectura de Cervantes, Dickens y Kundera, si queremos entender algo de la vida humana. Lo ha dicho al principio de su ensayo «Heidegger, Kundera, Dickens», y gloso: si un cataclismo termonuclear arrasara con toda la cultura material de la humanidad que redujera todo a cenizas, nada importaría si desaparecen en el acto las obras de Platón, de Hegel y de Heidegger. ¡Que sobrevivan las novelas! 

Las otras suturas son harto conocidas: la filosofía es la manifestación ideológica de ciertas condiciones históricas y materiales ampliamente identificables (chorradas burguesas). En otro orden suturante, la filosofía es juzgada psicopatológicamente como una ilusión: ficción, engaño, juego de espejos que no se percata de que lo que pensamos no es lo que pensamos, sino otra cosa que no podemos saber, pero que nos constituye. La saña contra la filosofía, en resumen, viene de muchos flancos. Da que pensar que sean, precisamente, los filósofos quienes más se ensañan en su contra y que tomen esto, la actitud antifilosófica de partida, como un signo de agudeza y de perspicacia casi que exigida. Casi nadie desea no inscribirse en la escuela de la sospecha. ¿Quién va a ser tan ingenuo como para defender al divino Platón en la era de las suturas? 

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Debo concluir confesando que este es un textito apresurado, escrito a medianoche en medio de la lluvia, sobre cosas acerca de las que quiero extenderme con más propiedad en otra parte, pero que han sido provocadas por la lectura del Manifiesto por la filosofía de Badiou (que realicé, por cierto, casi de una sentada). Sin embargo, quiero manifestar públicamente, por escrito, la alegría que me ha atravesado al leer a Badiou. En primer lugar, porque en solitario venía hablando yo de estas cosas en mis Fantasmas y en mi Protréptico. Leer el Manifiesto ha hecho que me sienta más acompañado, menos solo (no me quejo: defendí la soledad del pensamiento en Fantasmas de la mano de Deleuze y Guattari). En segundo lugar, porque el concepto de sutura es muchísimo más adecuado que hablar de reduccionismo, término más usual pero menos preciso. La posturas filosóficas que abundan en la era de las suturas están cosidas, injertadas con hilos, a las condiciones transversales del pensamiento que Badiou llama mathema, poema, política y amor. No se trata de un reduccionismo en los casos, usuales y típicos, en que la filosofía delega sus funciones a estas condiciones o se confunde con ellas, sino de suturas: por un lado, de un gesto parasitario y derrotista; por otro, de una incapacidad para pensar, no sistemáticamente o en una arquitectónica enciclopédica, sino de forma integrada o, como dice Badiou, composicional.

Así las cosas, el estado actual de la filosofía contemporánea es precario, precisamente porque todo el mundo que intenta pensar toma entre su manos una aguja y se injerta en otra cosa, bloqueando así la posibilidad de liberar el pensamiento, es decir, renuncia desde el inicio a esa aspiración amorosa hacia la sabiduría (philo-sophia), a la promesa acontecimental que deja reunir, como composibles, las condiciones de la filosofía.  

Por eso siempre me ha parecido que la filosofía guarda semejanzas férreas con la religión. La religión demanda una forma de vida que es sistemática y cómicamente violada por sus practicantes. La filosofía demanda pensar, se jacta de ser el lugar mismo del pensamiento. Pero si la filosofía fuera una película podría llamarse The Evil Within: somos filósofos, pero vamos a dedicar toda nuestra vida a pisotear las condiciones del pensamiento. No queremos ser filósofos, sino antifilósofos. ¡Abajo Platón! ¡Larga vida a los sofistas!

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