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Me he encontrado leyendo en estas últimas semanas una serie de soliloquios del profesor Masís que han reavivado la inevitable pregunta por la que hemos pasado todos los que, por alguna u otra razón, nos vemos envueltos en el mundo de la filosofía: ¿qué hace un filósofo? He seguido el pulso de la discusión en Fantasmas, Protréptico, Suturas y me he visto arrastrado a la interrogante. No es que ya no me haya hecho una respuesta para ella, es la impresión que da el recordar que los mismos  filósofos le han dado la espalda al quehacer de la filosofía

Las líneas que en adelante esbozo no pretenden pugnar o desacreditar la reflexión del profesor Masís, en ella he encontrado eco de mis propias ideas; lo que aquí pretendo es un comentario que resalte la manera en que los temas  abordados por Masís arremeten contra el que, llamándose filósofo, desacredita el quehacer de la filosofía. Es fácil desprenderlo de la discusión: hay quienes en nuestro medio a la pregunta ¿qué hacen los filósofos? responderán de todo: servir a la ciencia, investigar sobre el arte, ayudar a descubrir la verdad del mundo, vincularse a investigaciones transdisciplinares… Pero lo último que dirán será: filosofía. Los filósofos hacen filosofía.

Siendo una de las personas encargadas de verter ese “barniz de cultura” a los estudiantes de primer ingreso de la Universidad de Costa Rica, o sea, desempeñándome como profesor de Estudios Generales, la pregunta inicial con la que abro mis cursos es esta precisamente: ¿qué hace un filósofo?  Legos en las discusiones y recovecos de este oficio, la respuesta que recibo –casi siempre– de los nóveles universitarios es un incómodo silencio. Algunos más aventurados acercan el comentario que la filosofía es una disciplina que piensa e investiga la verdad del mundo. Ante tal respuesta replico lo siguiente: establecer un discurso verdadero sobre el mundo es, acertadamente, un asunto del que la filosofía se ha ocupado, pero también lo hace la matemática, la física, la biología, la sociología, etc. ¿Qué es lo que hace de la filosofía un saber distinto?, es decir, ¿qué hace un filósofo que tiene la potestad de reclamar una disciplina exclusiva? La respuesta silenciosa a esta pregunta no se ha superado en mi corto periodo de enseñanza.

Lo anterior no es un reproche que deba hacerle uno a quienes se encuentran en su “primera mano” de barniz cultural, por no poder contestar la  pregunta ¿qué hacen los filósofos? A los que hemos dedicado ya algún tiempo al estudio de lo que llamamos filosofía y nos llamamos –con propiedad o sin ella– filósofos, nos resulta aún problemática la cuestión. Pareciera ser un requisito para quedarse de filósofo no tener una idea clara de qué es la filosofía. 

Años atrás, siendo estudiante de filosofía, busqué una respuesta a esta pregunta en mi propia disciplina de formación. El resultado: encontré más respuestas de las que era capaz de procesar. Me he quedado, por gusto, con las impresiones de Deleuze y Guattari. Gracias a tales impresiones he concluido lo afirmado al inicio: los filósofos, hacen filosofía. Esta respuesta, no obstante, no afirmará mucho para algunos. No dice nada a los legos aunque lo dice todo a un filósofo. Es un argumento circular a menos que se precise qué se entiende por filosofía. 

¿Qué es la filosofía? He de admitir que nuevas ocupaciones se han apoderado de gran parte de mi tiempo y ya no estoy tan inserto en el mundo de la filosofía como lo estaba cuando estudiaba el grado; por tanto, advierto que, al tratar de responder a esta pregunta, mi respuesta ha bebido más de la Historia de las ideas y la Historia intelectual que de la propia disciplina filosófica. La siguiente respuesta, reitero, es un acercamiento más histórico que filosófico.

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Sean cuales sean sus antecedentes e inspiraciones (egipcios, indios, etc.) lo que hoy conocemos por  filosofía es un fenómeno helénico. Es en la Antigua Grecia que se desarrolla esta forma de discurso. No obstante, se debe tener cuidado con la noción de inicio de la filosofía. Sería muy fácil afirmar que la filosofía es una manera de hablar que inició en la ciudad de Mileto, con Tales. Hasta el siglo XIX está fue la respuesta. Sin embargo, las formas contemporáneas de hacer historia de las ideas nos impiden explicaciones tan simples. Al afirmar que fue Tales quien por vez primera usó la filosofía debemos tener una precaución: no cometer el pecado de leer el pasado con los ojos del presente, es decir, no tomar nuestro concepto contemporáneo filosofía y ubicarlo en una época en la que no existió. 

Los años pesan sobre los conceptos y los lenguajes. Nuestra filosofía remite a un significante que en tiempos de Tales no se puede encontrar. Si afirmo que la filosofía inició con Tales en Mileto, y concibo que Tales hacía filosofía, estoy narrando la historia de una génesis con un hombre excepcional, una ciudad excepcional y una cultura excepcional; pero, el modo de hacer historia de las ideas que busca la genealogía específica en la especialidad de los  grandes hombres ha sido harto criticado, y con razones. Por tanto, afirmar que lo que entendemos por filosofía inició con Tales en Mileto resulta inadecuado.

Filosofía, esta forma dada y última de nuestro significado, se fue configurando en el tiempo y sería simplista darle un acta de nacimiento. Aunque es cierto que este concepto no se entiende sin Tales, tampoco se podría entender sin Platón, Kant, Hegel, Heidegger o Sartre. Es adecuado, para entender el concepto filosofía, verlo en su más tierna edad en la Antigua Grecia; pero, tal proceder no quiere decir que los griegos hacen filosofía como la hace Kant. Entonces: un primer paso para entender filosofía es buscar qué es eso que los griegos realizaron.

Cuando contemporáneamente nos acercamos a los orígenes de la filosofía –con la pretensión de saber qué es esta disciplina– lo que podemos ubicar es que la filosofía, en su edad más tierna, es un discurso que surge en un espacio horizontal que comparte con otros discursos como la religión, la poesía o el misticismo con sus  prácticas de delirio y locura. Todos surgen por la necesidad muy humana de enfrentar lo desconocido. Es decir, la filosofía comenzó y se desarrolló como un discurso ante lo desconocido y comparte su espacio con la cultura mítica y mística de los helenos. 

En ambos casos, en el discurso filosófico y en el místico-religioso, estamos ante la producción de un discurso que solo posee veracidad en tanto que es socialmente aceptado y compartido por la comunidad a la que pertenece. Lo han expresado Deleuze y Guattari, la filosofía no es verdadera, la verdad nunca ha sido su objetivo; la filosofía es notable, importante o interesante. Ya lo ha afirmado el profesor Masís, aunque por otros motivos a los aquí presentes, la filosofía guarda semejanzas férreas con la religión. 

Así las cosas, un primer paso en nuestro afán de entender qué es la filosofía es desnudarla de un pretendido lugar privilegiado en los saberes. La filosofía no fue un milagro epistémico de los griegos, fue un discurso entre otros como la mística, la religión o la poesía. La filosofía es, entonces, más cercana a la religión que a las ciencias. En ambos casos, filosofía y religión, estamos ante la producción de un discurso que no es necesariamente verdadero, es socialmente aceptado y compartido por la comunidad a la que pertenece. 

Recuerdo que en el año 2019 el profesor Masís organizó una conferencia sobre la Polémica de Constantino Láscaris y Roberto Murillo contra los anti-hegelianos (ver publicación)En dicha conferencia, durante la sección de preguntas, algunos de los asistentes se molestaron de que Masís acercará el discurso de la filosofía al de la literatura. Ya he escrito sobre este tema en otro espacio (más académico), lo he traído a colación para recordar que en nuestra pequeña comunidad filosófica divorciar a la filosofía de las ciencias molesta a algunos. Si ha molestado el acercar la filosofía a la literatura, molestará acercar el discurso de la filosofía al de la religión. Para algunos, la filosofía debería ubicarse cercana a las ciencias.

Un segundo paso para entender lo que es la filosofíahay que estar consientes de que la filosofía es lejana de la ciencias. La filosofía es cercana de la religión y el misticismo. Afirmarlo, no es un desprestigio o un mal para ella. 

La separación entre la razón y la religión es una herencia que occidente obtiene de los ilustrados. En pro del cientificismo y la razón los pensadores ilustrados colocaron al pensamiento mítico en el espacio de la irracionalidad, con menos motivos que desdén. Dejaron el espacio de lo racional para las ciencias y ahí colocaron a la filosofía. Los ilustrados también colocaron la locura fuera de los límites de la razón, con ello, el arrebato místico se clasificó como una pseudoforma de conocimiento. Los siglos posteriores, con corrientes como el positivismo, solo ensancharon la brecha abierta. Nunca más Hildegard von Bingen fue filósofa.

Por más que queramos ser ilustrados, no podemos exigirle a los más de mil años de filosofía anteriores a la modernidad que se amolden, anacrónicamente, a una forma de razonar que no les es propia. Un ejemplo: nadie negará que el sistema de pensamiento de la madurez platónica es filosofía, pero Platón afirma que la μανία es el inicio de la sabiduría. En el Fedro, Sócrates alaba los arrebatos místicos y maniacos como una forma de conocimiento superior dada a los hombres por los dioses. Sócrates afirma que la μανίαque viene como regalo de los dioses, se manifiesta en el augurio, la poesía, el arte e  inicia el movimiento de búsqueda del filósofo.

La irracionalidad frente a la racionalidad, como dos posturas totalmente antagónicas, constituyen una lectura ilustrada que solo representa a la filosofía ilustrada (Kant no hace filosofía como la hace Platón). No se puede extender la filosofía ilustrada a lo anterior a ella; pero, y he aquí una importante acotación, tampoco se puede extender la filosofía ilustrada a la filosofía posterior a ella, no a toda al menos. Más de mil años de filosofía anteriores a la ilustración no pueden ser borrados de un plumazo y la filosofía posilustrada continuará leyendo a Platón. 

Es así que el pensamiento al que se ha llamado continental, Hegel, Heidegger, Deleuze, Guattari y otros, muchas veces ha sido calificado por los amantes de la ciencia, la ilustración y el positivismo de pensamiento irracional, poético, místico o literario, cuando solo es un pensamiento filosófico (en todo el sentido que le concede la historia).

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He descrito el discurso que llamamos filosofía de manera muy rápida, pero creo haber clarificado lo esencial: esto es lo que hacen los filósofos, filosofía. Y aunque parezca poético, literario, místico o religioso, la filosofía así es. Ella no es ciencia y no debe serlo. Los defensores de la filosofía (de lo que la tradición histórica ha conocido por filosofía) lo diremos cuantas veces sea necesario: la filosofía no es ciencia.   

Confundir la filosofía con la ciencia, divinizar “la razón” o pretender que el discurso filosófico, tan natural a lo humano, se doblegue ante las formas de la ciencia, es pedirle a la filosofía (a lo que es verdaderamente filosófico) que muera. Si la indisciplinada, maniaca y mística manera de pensar de la filosofía se rinde ante las formas de otros saberes, siendo sirvienta de las ciencias y cediendo ante los cinturones de “lo racional”, la filosofía tiene el peligro de resultar innecesaria. Abandonará su campo por desempeñarse mal en campos ajenos. No afirmo que rendirse ante los discursos de “la filosofía sirvienta” esté mal –¡adelante!–, pero se debe tener la conciencia de que cuando se pretende hacer de la filosofía una ciencia o cuando se inmiscuye en lo interdisciplinario, se abandona lo vital del discurso filosófico y se contribuye al reproche de que la filosofía es innecesaria.   

Epílogo

Ortega y Gasset remarcó en su célebre texto ¿Qué es la Universidad? que lo que hemos llamado cultura es un conjunto de vías y caminos que encontramos los humanos para guiarnos en la gran y espesa selva que es la vida. Lo humano, al encontrarse de frente con la existencia como una gran selva que no entiende, profunda y densa, ha buscado  formas de comprenderla para lograr sobrellevarla y ha creado una especie de mapa, la cultura. Pero, no se puede ser culto en matemáticas o física, se es culto al conocer discursos como la filosofía.

La filosofía es una  las formas que los humanos han encontrado para guiarse en esta gran selva que es el existir. El saber filosófico es una forma de enfrentar el miedo a lo desconocido, una lucha por entender esta gran selva que es la existencia. ¡Oh curiosidad! También podemos decir que una forma de lucha por entender la existencia es la religión. 

Ortega y Gasset nos dice que no podemos vivir, no humanamente al menos, sin ese cúmulo de ideas que es nuestro mapa ante la selva de la existencia. Este cúmulo de ideas no son sirvientas de la ciencia ni apoyos a ninguna rama de los saberes: son una necesidad humana. Los humanos hemos creado, por la pura necesidad, discursos que nos expliquen la naturaleza de la existencia y que puedan menguar la nausea del existir: tomar fe en alguna religión o quedarse de filósofo.

Es chabacanería pretender que la filosofía se disuelva en discursos que le son ajenos, que se ahogue siendo una sirvienta. La labor que deviene de las necesidades humanas no se doblega ante contemporáneos afanes.

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