Sobre “El laberinto de Amparo: Una vida de saberes en movimiento”,
Daniela Castro Cabalceta, 2026.
La investigación no inicia propiamente con Amparo López Calleja Basulto, sino con la pregunta por los nombres. Los nombres de las montañas, de los volcanes, de los cráteres, de esos lugares que hemos aprendido a reconocer como parte de la geografía costarricense y que repetimos con cierta familiaridad, sin preguntarnos demasiado por las historias que los hicieron posibles o les dieron nombre.
En ese recorrido aparecen nombres como Diego de la Haya, von Seebach, von Frantzius, Hoffmann, Biolley, Tonduz o Pittier. Nombres de gobernantes, exploradores y naturalistas europeos que permanecen inscritos en las geografías que ya tenían sus propios nombres e historias. El texto inicia con la experiencia de la autora durante estos años en que ha sido guía naturalista y de turismo para visitantes francófonos, una labor que interroga desde su formación en sociología. Según sus palabras, no se trataba, solamente, de la dificultad de memorizar esos nombres, extraños al contexto costarricense, sino de «la sensación de estar repitiendo historias que no nacen de los territorios» (17). Y, la repetición, como sabemos, produce verdad.
Me parece que esa incomodidad constituye uno de los gestos que más me interesaron del libro. Porque la pregunta por los nombres es también una pregunta por la historia, por las formas de producir conocimiento y por los procedimientos mediante los cuales ciertas experiencias adquieren visibilidad, mientras otras permanecen fuera del relato.
En Las palabras y las cosas, Michel Foucault reconstruye históricamente el proyecto de una ciencia general del orden, una mathesis universalis. Esta ciencia buscaba establecer relaciones entre las cosas a partir de sus identidades, semejanzas y diferencias. Nombrar, describir, clasificar, inventariar eran operaciones que formaban parte de un régimen histórico de visibilidad que establecía las condiciones bajo las cuales las cosas podían aparecer como objetos de conocimiento. En Ojos imperiales, Mary Louise Pratt nos permite situar esa mirada en la historia de los viajes científicos y de la expansión colonial europea. Tanto Pratt como Foucault nos recuerdan que las formas de mirar que se presentan como universales tienen una historia. Aquello que se ofrece como una descripción objetiva del mundo responde a procedimientos, instituciones, relaciones de poder, valores y formas de legitimación que no son exteriores a la producción del conocimiento. Recuerdo también una conversación con don Reinaldo Aguilar, naturalista de la península de Osa, quien nos contaba cómo las especies tropicales suelen desbordar los formatos de catalogación, concebidos a partir de la flora de Europa septentrional y occidental.
Resulta significativo que Daniela vuelva sobre la cuestión de los nombres y de los registros al enmarcar la investigación de Amparo López Calleja:
Los mapas turísticos, las rutas sugeridas, los nombres que guían al visitante repiten una forma de mirar heredada de aquellos viajeros científicos: clasificar, señalar, inventariar, destacar hitos. Se consumen paisajes y especies, como antes se catalogaba toda geografía o un ser vivo que apareciera. Es como si nombrar siguiera siendo la condición necesaria para comprender, tal como lo fue para quienes primero se propusieron ordenar este territorio (19).
Este inicio contiene, en mi lectura, una de las preguntas centrales del libro: ¿qué sucede con aquello que no consigue ingresar en esas clasificaciones? ¿Qué ocurre cuando ya no hablamos únicamente de plantas, montañas o especímenes, sino de las personas que participaron en la producción de esos conocimientos? Es aquí donde inicia el relato sobre Amparo desde una reflexión que toca la historia de los distintos campos del saber: ¿dónde están las mujeres en todas esas historias? ¿quiénes eran esas mujeres cuyos nombres encontramos ocasionalmente alrededor de las figuras que han ocupado el centro de la historia intelectual? ¿Qué hacían allí?
Con frecuencia encontramos sus nombres en una carta, en una dedicatoria, en una nota al pie, en una fotografía o en los márgenes de alguna biografía. Sabemos que estuvieron allí, aunque no sabemos cómo, porque quienes elaboraron los registros no vieron importante describir su aporte. Esto nos plantea un problema metodológico: ¿cómo producir conocimiento a partir de las borraduras? ¿Cómo reconstruir una vida cuando sus huellas se encuentran dispersas entre documentos, correspondencias, objetos, recuerdos y archivos organizados con otros propósitos y donde la información es escasa?
Una de las virtudes del libro de Daniela Castro Cabalceta es que no pretende sortear esa dificultad mediante una reconstrucción biográfica que aspire a restituir la totalidad de una vida. Por el contrario, sigue los desplazamientos de Amparo a través de espacios que las historias convencionales del conocimiento suelen mantener separados. Uno de ellos es el espacio doméstico. El libro permite pensar la cocina, la alimentación, la organización de la casa y las relaciones cotidianas como espacios donde también se producen, circulan y transforman conocimientos. En el libro no se menciona, pero vale recordar la etimología de la palabra economía,vinculada al oikos, la casa, y al nomos, la norma, el orden o la administración. La economía doméstica remite precisamente a una organización de recursos, relaciones, tiempos y actividades. Buena parte de la historiografía moderna ha tendido a separar esas prácticas de las actividades consideradas propiamente científicas o intelectuales, aunque muchos de nuestros conocimientos provengan precisamente de esos espacios. ¿Qué saberes se producen en una cocina? ¿Qué conocimientos sobre plantas, alimentos, conservación, preparación, intercambio y cuidado circulan en el espacio doméstico? ¿De qué manera esas prácticas se relacionan con otras formas de clasificación y experimentación? ¿Por qué algunas llegan a reconocerse como conocimiento científico, mientras otras permanecen relegadas a la categoría de tareas cotidianas?
El fuera de campo muchas veces es el soporte del campo. En el último capítulo, Daniela relata un intercambio de correos con investigadores dedicados a reconstruir la historia de los naturalistas en Costa Rica. Al preguntarles por Amparo y por su posible lugar en esa historia, la respuesta de los investigadores pareció cerrar de antemano esa posibilidad. Reconocieron su posición económica, su cercanía con algunos naturalistas e incluso el hecho de que pudo tener a botánicos como Tonduz y Wercklé trabajando como “sus jardineros”. Pero insistieron en que ella no fue una naturalista; era, básicamente, una señora con mucho dinero.
Lo llamativo no es solamente la respuesta, sino la premura con que se descarta la pregunta. Uno pensaría que existen mejores formas de reacción, por ejemplo, preguntar: ¿qué has encontrado que no sepamos? ¿Será que eso que pensábamos tiene vacíos? Pero la respuesta es contundente. No. No era naturalista y, solo les faltó decir, nunca lo será. Pero es aquí donde la interpretación tiene una función política que facilita abrir mundos antes clausurados. Toda persona investigadora sabe que las investigaciones culminan en cierto lugar, y que siempre pueden aparecer nuevas miradas o documentos que cambian, mejoran o amplían las investigaciones previas.
A partir de capítulos cortos, el libro va conformando una red de relaciones en las cuales Amparo lideró diferentes procesos, lo que evidencia que no estaba en las fotos porque fuera la esposa de José Cástulo Zeledón, en efecto, ese “gran naturalista de la época”. Lo estaba porque tenía el capital para comprar la Botica Francesa, para viajar, vivir en otros países, un poder que por mucho tiempo no le perteneció a las mujeres y, por ello, debían estar supeditadas a las decisiones de sus esposos o padres. Aquí, justamente, era ella la que tenía los medios, una casa que funcionó como espacio de encuentro para la articulación política o, un jardín, para la investigación de orquídeas. Estas son solo algunas de las empresas vinculadas al nombre de Amparo que la investigación de Daniela Castro logró documentar.
Lo curioso es que la resistencia de los investigadores a reconocer a Amparo como naturalista revela una dimensión afectiva. El intercambio de correos sugiere cierta resistencia a re-conocer, es decir, a volver a pensar esa historia desde el lugar que ocuparon las mujeres en la producción del conocimiento. Como señala la autora, esta operación tiende a reducir ciertas trayectorias a «anomalías individuales», deshistoriza sus luchas y neutraliza su agencia (91). Más adelante se indica: «La operación es significativa porque no deja un espacio intermedio, la coloca fuera del campo científico tal como este es definido en el propio texto» (94).
Esta intercambio epistolar aparece casi al cierre del libro y deja ver algunas de las razones de los vacíos documentales. Hay allí un paradigma afectivo que condiciona qué debe o no ser registrado. Sin embargo, entre los vacíos se cuelan destellos y, en este caso, resulta interesante otro dato que aporta el libro. Entre 1921 y 1923, las remesas de especímenes vinculadas con Amparo permitieron a Rudolf Schlechter describir nuevas especies y agruparlas bajo la denominación Orchidaceae Amparoanae (77). Su nombre, por tanto, quedó inscrito en una historia de la clasificación botánica. Y, sin embargo, esa inscripción no parece suficiente para garantizar su reconocimiento como participante en la producción de ese conocimiento.
Esta situación no se limita al caso de Amparo ni a las historias de las mujeres. Alcanza también a otros conocimientos y tradiciones excluidas de las historias de las ciencias. Por ejemplo, muchos catálogos se construyen gracias a la guía y al conocimiento local, pero una vez que ingresan a los libros, artículos científicos y otros documentos, se eliminan las fuentes, o se mencionan sus portadores, apenas, como fuentes contextuales. Esto nos devuelve al inicio del libro. Mientras ciertos nombres quedaron fijados en la geografía costarricense como testimonio de las exploraciones científicas, otros fueron borrados en las clasificaciones de las especies sin que ello les hiciera sobrevivir.
En el lenguaje cinematográfico, el fuera de campo no refiere simplemente a lo que no vemos en el encuadre de la imagen. Designa aquello que, sin aparecer dentro del cuadro, mantiene una relación con lo que vemos. Lo que queda fuera puede sostener, prolongar o incluso transformar el sentido de lo que aparece en pantalla.
Quisiera leer desde ahí este libro. Daniela logró ubicar a Amparo en sus múltiples facetas: empresaria, esposa, madre, religiosa, científica, anfitriona, naturalista, cocinera, inventora de recetas… Ninguna de ellas parece retenerla y, seguramente, el laberinto que da nombre al título nos señale los caminos que debemos recorrer para interrogar las categorías con las que hemos aprendido a ordenar nuestros mundos y a contar sus historias.



